martes, 22 de septiembre de 2015

La luna en agosto ya camina sola

Querid@s:

Pretender, hoy en día, no ya ser una autora de éxito, sino simplemente una autora leída no parece tarea fácil, sobre todo cuando la vocación se ha descubierto de forma tardía como es mi caso. La autoedición se me antoja un un arduo camino, pero según parece, es el único. Tras sopesar diferentes alternativas he optado por Editorial Círculo Rojo. El tiempo dirá si he acertado con la decisión o no. Pero esta novela (novelita más bien, si he de ser sincera) nació hace unos 10 años y era para mí una necesidad imperiosa ponerle el punto final para poderme centrar en otros proyectos, en otras historias, en otros personajes... La única manera que conozco de hacerlo es entregarla a los lectores (pocos o muchos, ya se verá) para que viva su propia vida. La trama de La luna en agosto ya no me pertenece: Alicia, Ignacio, María y Alberto se han emancipado, caminan solos. Así ha ocurrido siempre con los personajes de ficción y así ha de ser. Ya no los puedo proteger más...

Un saludo. Os iré dando detalles

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nueva página en Facebook de La luna en agosto

            
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Era media tarde y aunque hacía bastante calor, se había levantado una fresca brisa que arrastraba algunas nubes consigo y que traía por adelantado los aromas del otoño; y eso, que quedaba todavía mucho verano por delante. Ahora, encallada en aquella carretera desierta, a merced de que vinieran a rescatarla y bajo el riesgo de tener que pasar una noche a la intemperie, comenzaba a dudar de que hubiera sido una buena idea el viaje que acababa de comenzar. 

lunes, 24 de agosto de 2015

La luna en agosto




I

Alicia paró su coche tan pronto como pudo en el arcén. Suerte había tenido de poder detener el automóvil sin sufrir males mayores. No obstante, se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir y que trastocaba por completo todos sus planes. Por eso no pudo reprimir un «¡mieeeerda!» que escapó en voz alta de sus labios, al tiempo que daba un puñetazo rabioso en el salpicadero. El imbécil del todo terreno, que la había adelantado de esa forma tan temeraria, había estrellado por accidente un gran guijarro sobre su luna delantera. De repente, había sentido un ruido fulminante, como un disparo, y del centro del impacto, sobre su parabrisas, surgieron al instante mil rayas, como una estrella, que le impedían la visibilidad y la obligaban a detenerse.


A pesar se su afán de cortar lazos con el mundo, y en contra de su impulso inicial, no había prescindido de su teléfono móvil, decisión por la cual, ahora se alegraba hasta extremos inimaginables. Lo encendió y vio,  no sin cierta sensación de fastidio, que tenía un montón de mensajes, todos ellos de la misma persona. Por el momento, prefirió seguir ignorando el contenido de los mismos. Agradeció al dios de las telecomunicaciones el hecho de  poder contar con buena cobertura y realizó la llamada al número de la asistencia en carretera, procurando dar su situación al empleado que la atendió de la forma más exacta que pudo. Este le contestó que le enviaría una grúa lo antes posible. Sin embargo, dado el lugar tan remoto en que se encontraba, no le podía siquiera aproximar el tiempo que iba a tardar. Resignada a esperar lo que hiciera falta, Alicia cogió la botella de agua, en la que por suerte aún se encontraba la mayor parte de su contenido, y  bajó del coche para resguardarse del ardiente sol veraniego bajo la sombra del único pino de buen tamaño que encontró en las proximidades. Era media tarde y aunque hacía bastante calor, se había levantado una fresca brisa que arrastraba algunas nubes consigo y que traía por adelantado los aromas del otoño; y eso, que quedaba todavía mucho verano por delante. Ahora, encallada en aquella carretera desierta, a merced de que vinieran a rescatarla y bajo el riesgo de tener que pasar una noche a la intemperie, comenzaba a dudar de que hubiera sido una buena idea el viaje que acababa de comenzar.

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Autora Avelina Chinchilla Rodríguez ©

Publicado en Me gusta escribir.

jueves, 4 de diciembre de 2014

En un caballito de nube


 Eterno ángel, en tu cárcel de carne y hueso,
 Tan frágil como un cristal de Murano
 Y más lejos, todavía, que Urano
 ¿Qué piensas de este mundo ajeno?

 Tú por siempre serás un extranjero
 E irás cabalgando en tu caballo,
 De nube, de agua, de viento, y tan blanco,
 Sin pronunciar un solo lamento.

Si yo aún creyera que dios existe,
Pensaría que eres otro redentor.
Pero no me pongas ojos tristes,

Porque, ya sé que eso, no es posible.
Un duende que, distraído se perdió. 
Para mí, eso es lo que serás siempre.

Dedicado especialmente a mi sobrino en el día de la discapacidad

domingo, 23 de noviembre de 2014

En recuerdo de todos los que ya no están con nosotros



                           

                    Navidad también con los ausentes

            Ahora que nuevamente llega la Navidad, vuelven hasta mí los ecos de aquellas de mi infancia en las que fui tan feliz. Toda la familia reunida en la mesa y los primos, que apenas si nos veíamos el resto del año, jugando durante tardes enteras en torno al viejo diván de la abuela. Los mayores, atareados con los preparativos de la cocina  o inmersos en interminables conversaciones nos olvidaban dejándonos alborotar con juegos imposibles o simplemente prohibidos el resto del año. Los niños destilábamos ilusión por todos nuestros poros. Ilusión por lo significado de la fecha, e ilusión por todo lo con ella relacionado, el belén, los villancicos, las reuniones familiares, las estrenas y , por supuesto los reyes. Nada que ver nuestros modestos juguetes de entonces con el derroche y la ostentación actuales. Pero nosotros éramos felices y creíamos que los mayores también lo eran, y eso acrecentaba si cabe nuestro gozo.

domingo, 24 de marzo de 2013

Tus ojos me traen nostalgia

Con motivo del día mundial de la poesía, celebrado el pasado 21 de marzo publico este soneto de mi libro el Jardín Secreto.




                     

                Me adentro en el verde mar de tus ojos
            Traspasando sin esfuerzo tus pupilas,
            Y me remonto a esos lejanos días,
            Esos, en los que tu y yo, tan sólo

            Hacíamos que buscarnos el uno al otro.
            Eran días de juegos y de risas
            En los que tú, sin querer, descubrías
            Los secretos de mi cuerpo de mil modos.

            Mi piel, antes aletargada y dormida
            Comenzaba lentamente a despertar
            De ese sueño de la infancia, ya perdida,

            Al son que marcaban tus caricias,
            Aún torpes, todavía por ensayar.
            A veces... ¡Qué nostalgia siento de esos días!

Tal vez sí, tal vez no





                                  
            Lo pensó o no lo pensó. Era difícil saberlo. Aparentemente estaba en calma. Su sueño era plácido, por el efecto de la morfina, aunque se estaba ahogando, con los pulmones encharcados de su propia sangre.