sábado, 24 de mayo de 2008

La cara oculta (Parte 2)

Pasó algo de tiempo mientras su vida transcurría con una aparente normalidad, pero las ganas de repetirlo de nuevo pudieron más que el miedo a ser descubierto, y aún pensándolo bien esa posibilidad le añadía un nuevo aliciente, de modo que periódicamente y con ligeras variaciones, a lo largo de los quince últimos años había vuelto a actuar. Sus apariciones en escena habían sido lo suficientemente espaciadas en el tiempo para no crear alarma, además, como todo el mundo sabe, las prostitutas son ciudadanas de segunda categoría y nadie se espanta demasiado cuando una de ellas recibe una paliza o aparece asesinada. En realidad Luis huía de la escena del crimen tan rápido como podía y no sabía con certeza si había llegado a matar a alguna de aquellas mujeres, pero en el fondo eso no le importaba. La vergüenza de que alguien conocido lo supiera, la humillación de saberse descubierto, la posibilidad de perder su trabajo y su posición social e incluso de ir a la cárcel, eso si le importaba. Pero el hecho de propinar una brutal paliza a una mujer, o dejarla tullida o incluso propiciarle la muerte no le preocupaba en absoluto.
Alguna vez, en medio de una noche de insomnio, Luis se preguntaba cómo habría transcurrido su vida, si aquella noche del compromiso de Laura no hubiera actuado como lo hizo. Tal vez, sería un hombre respetable, no a los ojos de los demás, que aún lo era, sino ante sí mismo. Quizá hubiese encontrado, si no hubiera desbaratado su vida en aquel acceso de cólera, una mujer mejor que Laura. Se imaginaba llevando una vida convencional de casado con hijos, saliendo los domingos de excursión al campo y pasando las vacaciones de verano en la playa, y lamentaba que ya no fuera posible. Pero en el fondo sabía que todo eso no eran sino fantasías. Él no estaba hecho para la vida familiar, siempre había sido un lobo solitario y siempre lo sería. Era incapaz de sentir amor por nadie, y el presunto enamoramiento de Laura tan solo había sido un espejismo. Cierto es, que de haber conseguido sus propósitos, hubiera puesto la guinda en su vida, y tal vez nunca, hubiera llegado a aflorar esa bestia que llevaba dentro.
Sin embargo, a pesar de todos estos razonamientos en los que se entretenía en las madrugadas en las que el sueño le era negado, a menudo, sentía un intenso malestar, que nada tenía que ver con el remordimiento. Era más bien como una frustración porque su vida no había seguido los derroteros por él imaginados. Era entonces cuando la vida se le hacía insoportable y entraba en crisis, como le había sucedido esa tarde.
Mientras pensaba en todo ello, Luis había tomado unas cuantas copas y se encontraba, ya, bastante borracho. Tenía la mente embotada y no conseguía razonar con un mínimo de claridad. El alcohol, en lugar de mitigar su despecho por el mundo, no hacía sino acrecentarlo. A las mujeres, las culpaba de no haber sabido amarlo. Y a cada momento que pasaba sentía crecer en su corazón una rabia inusitada. No recordaba haberse sentido así ni en sus peores momentos, ni si quiera aquella primera vez en que pegó a una prostituta. Se sentía una víctima, él mismo por increíble que pareciese, por delante, incluso, de todas esas desgraciadas que había ido apaleando a lo largo de los años. De repente su mente se abrió. Por qué limitarse solo a las prostitutas, acaso no eran todas las mujeres igual de culpables. Poco a poco esa posibilidad se fue materializando en su pensamiento. Recordó que tenía una nueva vecina, se llamaba Ana o tal vez Marta.. No se acordaba bien. Era joven, guapa y vivía sola. Se habían cruzado alguna vez en el descansillo y no parecía mirarlo mal, incluso, creía que le inspiraba cierta confianza. Además, aún era temprano, tan solo las once de la noche, podría ir a su casa con cualquier pretexto.
Luis no lo pensó más. Cogió un vaso vacío pensando pedirle un poco de azúcar. Le pareció una excusa muy verosímil: ya se sabe un hombre que vive solo y trabaja todo el día no tiene mucho tiempo para hacer la compra, pero por otro lado, el café sin azúcar está tan malo... ¿Cómo no iba a atender su petición? Luis actuaba como un autómata. Salió de su casa, cruzó el rellano, y llamó al timbre de Marta, que así es como se llamaba su vecina, blandiendo el vaso en la mano. Esta miro por la mirilla y al ver que era su vecino abrió confiada la puerta. Pero tan pronto Luis hubo franqueado el umbral, se dio cuenta de su error. De repente, su apacible vecino se transformó en un energúmeno borracho de ojos desencajados que embistió contra ella sin mediar palabra. Marta, aterrorizada, no se movía, ni intentaba defenderse y Luis azuzado por su pasividad se encolerizaba más y más y golpeaba sin cesar a la pobre mujer, que no alcanzaba sino a gemir débilmente, emitiendo un soniquete a todas luces insuficiente para llamar la atención del resto de los vecinos. Todo acabó en un instante. Marta se desplomó de golpe, y esto hizo que Luis recobrara algo de su perdida conciencia. A pesar del azoramiento que sentía por haber perdido el control de esa manera, se daba cuenta de lo que había hecho. Marta estaba en el suelo hecha un guiñapo, como una muñeca de trapo rota. La cabeza ensangrentada y la cara hinchada y llena de moratones le daban un aspecto inquietante. Luis la miró y en ese momento fue consciente de que la había matado. No obstante, se agachó para comprobarlo. En efecto, no le encontró pulso. El corazón de Marta se había detenido para siempre.
Pasada la tormenta, una aparente calma se apoderó de Luis. Esta vez si que la había hecho buena. Estaba al lado de su propia casa y seguro que había dejado huellas por todas partes. No tendría escapatoria. Se había dejado llevar y ahora temía las consecuencias, pero no se arrepentía de haberla matado, solamente de no haber sido cuidadoso y previsor. Decidió que lo mejor sería irse a su casa y allí pensar lo que haría.
Ya en su casa, Luis vio que eran las dos de la madrugada. No comprendía como había transcurrido el tiempo tan deprisa. Se duchó y tiró su ropa, que tenía muchas manchas de sangre a la basura, y pensó también en tirar la bolsa al contenedor, pero no lo hizo por si lo veía alguien que más tarde lo pudiera delatar. Por último se acostó, pero no podía dormir. Pensaba en como sería su vida de ahora en adelante si, a raíz de la imprudencia de esta noche, se descubrieran todos sus crímenes. Él era un hombre débil y si la policía lo atosigara a preguntas seguro que no podría resistir y acabaría confesando. Lo perdería todo, y lo que era peor, sufriría la humillación de que el mundo supiera que todo había sido por Laura, porque no había podido tenerla, porque Laura había preferido a un pelagatos que la había abandonado por la primera rubia que se había cruzado en su camino. Le estaba bien empleado a Laura, era a ella a quién debía haber matado esa noche. Se dio cuenta, por primera vez en tantos años, que cuando hacía daño a todas esas mujeres era a Laura a quién quería maltratar y por primera vez sintió un mínimo atisbo de compasión hacia ellas y eso le produjo una desagradable sensación, que trató de desterrar inmediatamente.
Se levantó a tomar otro coñac, ya había perdido la cuenta de los que había tomado. Creyó que le sentaría bien. Mientras lo apuraba de un trago volvió a pensar en lo que haría a la mañana siguiente. Se sentía demasiado confuso para ir a trabajar y su primera idea fue fingir que estaba enfermo, pero al instante la desechó, porque romper su rutina podría resultar sospechoso, y por primera vez, se dio cuenta de que esa nueva sensación de sentirse perseguido ya no lo iba a abandonar nunca. Lo mejor sería ir a trabajar con normalidad. Pero ¿Cómo iba a aparentar normalidad? Empezaba sentirse fastidiado con la situación, debía intentar serenarse y dormir, pues al día siguiente tendría que estar concentrado y dispuesto para su trabajo. Volvió a la cama, pero no paraba de dar vueltas. Su inquietud no hacia sino aumentar, y se le habían acabado las pastillas para dormir, por lo que no podía recurrir a ellas. Sin temer la resaca del día siguiente pensó que su única solución era una borrachera de las que casi hacen perder el sentido, al borde mismo del coma etílico. Recordó que tenía otra botella mas de coñac y resolvió aplicarse a ello de la misma forma que un colegial se aplica a sus deberes. Bebió una copa tras otra, sentado en la butaca del salón, y cuando juzgó que ya era suficiente quiso volver a la cama, pero no podía moverse, y, sin darse cuenta se quedó dormido (continuará...).
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Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

domingo, 11 de mayo de 2008

La cara oculta (Parte 1)

En realidad, Luis era muy apreciado en su oficina: edad mediana, aspecto cuidado, comportamiento afectuoso pero correcto y eficiencia siempre a la altura de las dificultades. Nadie en su trabajo conocía su pequeño secreto, ése que le atormentaba día y noche, que le obsesionaba hasta el punto de hacerle casi enloquecer cada vez que se asomaba a su interior. No era digno, y él lo sabía, de la devoción que los suyos: subordinados, compañeros y jefes le profesaban. ¿Hasta cuando podría mantener esa ficción? Esa pregunta resonaba en su cerebro todas las madrugadas, antes de que el sueño, por fin, se impusiera a su delirio febril y consiguiera dormir a duras penas un par de horas. Cuando puntualmente, a las 6’45 la voz del locutor de turno se materializaba a través del radio despertador, Luis cobraba poco a poco conciencia de su estado lamentable. Se levantaba soñoliento y abotargado, con la cabeza llena de plomo, sin ganas de pensar, sin ganas de vivir una vida fingida que ya no quería seguir fingiendo. Tan solo la ducha templada y un humeante café le proporcionaban la energía necesaria para encarar otra jornada. Aquel día, pues, no había sido distinto de tantos otros ya vividos y regresaba, al anochecer, a su casa, agotado por el trabajo y hastiado de su propia impostura.
Al entrar en el portal se cruzó con la vecina del primero B y tan solo pudo musitar un buenas noches, sin casi atreverse a mirarla a la cara: seguro que si sus ojos se encontraban, ella comprendería su mezquindad. Entró en el ascensor y maquinalmente pulsó el botón de su piso. Salió del ascensor y abrió la puerta de su casa y con la misma parsimonia de todos los días dio comienzo a su infierno privado. Una vez a solas era libre. Libre para lamentar todas las metas no logradas, bien por haber seguido un camino erróneo, bien por no haberlo siquiera intentado. En ese momento del día aún quedaba una esperanza, era posible que rebuscando en sus recuerdos encontrara alguno por el que mereciese la pena haber vivido, que lo redimiese de la abyecta situación en que se encontraba y que aportase un poco de luz al oscuro pozo de su existencia. Mientras se preparaba una taza de café tuvo una sensación de vértigo y se asustó. Ya le había ocurrido con anterioridad y sabía que no presagiaba nada bueno, pero es que, además, presentía que esta vez la batalla iba a ser definitiva: saldría victorioso o se hundiría para siempre; se recostó en la butaca y comenzó a recordar.
Se vio a sí mismo en la época en que era un adolescente soñador, planificando su futuro en el que no carecería de nada: un buen trabajo, un buen sueldo, prestigio, admiración y sobre todas las demás cosas el amor. ¡Ay el amor, que siempre le había sido negado! Nunca había encontrado la mujer que siempre soñó: Hermosa, dulce, inteligente, pero no lo suficiente para hacerle sombra a él, y sobre todo que lo admirara, que lo admirara hasta el límite mismo de la veneración. Ese ángel nunca había aparecido en su vida y ello había supuesto sin ningún género de dudas su mayor fracaso. Su vida profesional y en cierta medida la social había colmado con creces sus expectativas, pero su torpe vida sentimental empañaba sin remisión todos sus éxitos.
En cierta ocasión, cuando conoció a Laura, le pareció que estaba a punto de conseguirlo. Se trataba de una recién licenciada en económicas, sobrina o ahijada, ya no conseguía recordarlo, del director de su oficina, el señor Vilaplana. Debido a este parentesco se le habían abierto las puertas a la joven. Laura tendría por entonces, veintiséis o veintisiete años y su juventud se imponía a cualquier imperfección o defecto que se le pudiera encontrar. La frescura y lozanía de Laura unidas al afán conquistador de Luis fueron una combinación imparable. Al principio, parecía que todo marchaba sobre ruedas y que Laura y Luis encajaban muy bien, incluso este último llegó a sentirse como un moderno Pigmalión tratando de modelar a la muchacha a su antojo. Poco a poco se fue envalentonando, creyéndose un seductor, a pesar de la obvia diferencia de edad y de que él, no era precisamente del tipo que las enamora a primera vista. Al principio, algunas tímidas invitaciones: a tomar un café, a ver la película de moda; alguna cena y alguna comida, todas ellas aceptadas por Laura, le dieron la ilusión de que ese tibio sentimiento que, él estaba convencido de que era un apasionado amor, podía, si no en ese mismo momento, si más adelante, ser correspondido por ella.
Pero todo se vino abajo el día en que se anunció el compromiso oficial entre Laura y Alberto Cedillo, joven promesa de la empresa y también sobrino o ahijado, tanto da, del señor Vilaplana. Fue la propia Laura la que dio la noticia a Luis, quién sintió mucho más la humillación que la pena, aunque ambas se las guardó para sí manteniendo la compostura durante toda la jornada.
El matrimonio, que se celebró a los pocos meses, fue un fracaso, no tardando la joven pareja en separarse. Para entonces, Luis ya no demostraba, al menos en apariencia, ningún interés en Laura. Pero esa noche, la del compromiso, Luis se sentía herido, necesitaba un desahogo para su frustración y, entonces, lo hizo por primera vez. Al salir de la oficina, en lugar de ir a casa, se alojó en un hotel, utilizó un nombre falso, tal vez, ya su subconsciente delataba sus intenciones. Antes de estar lo suficientemente borracho para no poder hablar por teléfono, llamó a un anuncio de contactos. Al cabo de una media hora , la tal Marisa hacía acto de presencia . Para entonces, Luis ya no tenía muy claro por qué la había llamado; lo que menos le apetecía en ese momento era tirarse a una furcia. Además, Marisa era mayor y se veía a la legua que era una puta. Eso disgustó a Luis, que se sentía ya muy encolerizado y arremetió contra la mujer antes de que esta se diera cuenta de lo que ocurría. La golpeó muy fuerte y ella perdió el conocimiento. Entonces, asustado, pero con una rara satisfacción, huyó a su casa. La preocupación por si la prostituta lo delataba, o bien moría y era descubierto igualmente no le dejó dormir aquella noche. Pero pasaron los días y su vida transcurrió con toda normalidad. Nadie sospechó de él. Ni siquiera el suceso tuvo eco, por lo que Luis se sintió completamente impune y además era consciente de que le había entrado una especie de veneno en el cuerpo, más poderoso aún que una droga. No trataba de engañarse, se daba cuenta que le había gustado y más pronto que tarde iba a repetirlo (continuará...).
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Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez